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UNA DE LUCIOS... Por Carlos Villar Ortiz El sábado a las 11 de la noche estábamos en casa de mi hermano Pepe; el domingo nos íbamos de pesca a por lucios. Ya notaba los típicos nervios que aparecen cuando se va a ir de pesca al día siguiente. Habíamos quedado con Marcos, un amigo que hacia muchos años que no veía. Marcos disponía de embarcación, con lo cual los nervios y las ganas de que llegase el día de pesca eran aún mayores.
Me metí en la cama tan cansado que no tardé demasiado en dormirme. Creo que empecé a pensar en un gran lucio atacando mi spinnerbaits y no me dio tiempo ni a recoger el hilo del carrete en sueños, ya estaba frito. El domingo a las 5 y media de la mañana sonó el despertador…¡qué sonido tan agradable cuando vas de pesca y no cuando es para ir a trabajar!. Era el momento de ultimar los preparativos, así que mi hermano Pepe y quien esto escribe, cogimos todos los aperos de pesca, comida suficiente para pasar la jornada y partimos hacia donde habíamos quedado con Marcos; nos separaban 170 km de trayecto.
Una vez llegamos al embalse y después de saludar a Marcos empezamos a preparar las cañas y a botar la barca. En poco tiempo estaba todo listo; arrancamos la barca y nos fuimos a buscar un sitio querencioso para empezar la jornada de pesca de lucios. En aquellos momentos, estaba que me subía por las paredes, deseando echar la caña para empezar a pescar. Paramos en un lugar con bastante profundidad a un lado y algo de playa a otra.
No llevábamos ni 10 minutos en el agua cuando se acercó una barca con un hombre, el cual nos dijo que si teníamos vendas. Como es lógico, nos quedamos extrañados pensando que algo le habría pasado, pero no sin saber a ciencia cierta de que se trataba. La sorpresa fue aún mayor cuando nos contó que había metido la mano en la boca de un lucio y se había cortado con los dientes del animal. Le dimos unos pañuelos para que taponase la herida y le aconsejamos ir al centro de salud mas cercano al embalse, ya que las heridas que provocan los dientes del lucio no se cierran fácilmente y pueden infectarse. Aquel hombre nos dio las gracias por todo y se fue. Aunque se trataba de un acontecimiento un tanto extraño, era la señal inequívoca de que los lucios estaban allí.
Barbos con artificiales
Fuimos a una recula de cierta profundidad con una zona somera tipo playa. En aquel recodo podía apreciarse el movimiento en superficie de barbos atacando los bancos de alburnos. Cuando un pescador siente siento predilección por la pesca en superficie y ésta se convierte en su pasión, no puede dejar de intentar esta técnica, aun sabiendo que abajo se pueden coger más peces. No tarde en cambiar el señuelo a una de las cañas y anudar un paseante a la línea. Había localizado a un barbo patrullando cerca de la orilla. Lancé el paseante cerca de su ubicación y ¡zasss!, se lo zampo de un bocado, diciendo ‘aletas para que os quiero’. Ya tenía a ese noble pez al otro lado de la línea. Tras las típicas carreras, puede atraparlo y hacerle partícipe de una sesión de fotos. Al rato volví a coger otro barbo con el paseante. Después de soltarlo le toco el turno a mi hermano Pepe, ¡casi me hacía más ilusión que lo pescase él que yo mismo!. Con un crankbait capturó otro barbo; éste era un poco más menudo, pero que tiraba como un demonio.
Comienza la Pesca de Lucios
Nos desplazamos hasta los pilares de un puente, estructuras que a menudo albergan peces. Era una zona de bastante profundidad que había que pescar con vinilo abajo, recuperándolo despacio. Era un objetivo que no podía fallar. Pescando a nuestro lado estaba un amigo de Marcos subido a un pato. Pegado a los pilares, le pico un buen lucio que empezó a tirar como un condenado, hasta que consiguió dominarlo y hacerse con él. Pude fotografiarlo. Por la mañana, su compañero nos había dejado una batería, ya que nos habíamos quedado sin carga para el motor eléctrico. Quedamos muy agradecidos ante su amabilidad.
Marcos no tardo en tener una picada. La caña se le doblaba con fuerza y el lucio sacaba línea sin parar. Al final pudo controlarlo y acercarlo a la barca. Cogido con el grip dio un peso de 6,300 kg. Rápidamente, después de unas cuantas fotos, lo oxigenamos para que volviera a su medio. Este procedimiento es primordial ya los peces mordían a 15 y 20 metros de profundidad y la descompresión y las temperaturas aún no demasiado bajas (temperatura exterior sobre 22 grados) les pueden causar la muerte, cosa que por supuesto no queríamos.
Fueron pasando los minutos con varias picadas fallidas. En medio de aquella calma, Marcos hizo otra de las suyas y ¡zasss!, ya tenía otro ‘morlaco’ luchando por zafarse de los anzuelos. En aquellos instantes todos estábamos nerviosos. Cuando pudo acercarlo a la barca para cogerlo, supimos que su peso era 5,400 kg. Se trataba de otro estupendo lucio, con lo que la mañana no iba nada mal.
Pronto le tocó el turno a mi hermano José Luis, ¡zasss!. ‘Ya lo tengo , ya lo tengo’.- gritaba. Su caña se doblada sin piedad, a la vez que salía línea del carrete. Al final logró hacerse con ese pez tan fuerte. Dió un peso de 5,250 kg. Los lapiceros parece que no estaban, solo se cogían peces de porte. Luego perdí un buen lucio uno ya clavado. Ese pez hizo trizas el bajo de línea, cortándolo con los dientes. En fin: cosas que pasan. No me importaba no estar capturando ninguno de esos peces; estos días disfrutar con ser partícipe de la pesca y solo con ver a los demás disfrutas también. Al rato tuve una picada franca al pez de vinilo en montura de jig. No llegué a clavarlo, pero aquel lucio me dejó en el señuelo unas dentelladas de recuerdo. En realidad, prácticamente todos tuvimos picadas que no logramos materializar.
Marcos tuvo otras dos picadas más que no pudo clavar, pero al rato si tuvo recompensa, ¡zasss!. Otro potente esócido combatía duro al otro extremo de la línea. Después de la lucha, conseguimos subirle a la barca. No se le estaba dando nada mal a nuestro amigo, ya que este auténtico ‘vitorino’ pesó 6,350 kg.
La jornada fue realmente amena y entretenida. Con resultados dispares, acabamos los tres contentos. No había motivo alguno para quejarse ¡al contrario!, estábamos muy agradecidos a Marcos Álvarez Castro por su amabilidad. Como puede leerse en el titulo es como si hubiésemos entrado a un bar a pedir una ración, ya que todo salió a la carta. Las picadas que tuvimos, los lucios tan hermosos que se sacaron y lo estupendamente que lo pasamos estando en buena compañía. Si nos dicen esto antes de salir habíamos firmado sin dudar… Además, después de esta jornada de barca, ¡ya no quiero ir más de pesca desde orilla!.
Se hizo tarde. Ayudamos a Marcos con la barca y nos despedimos de él, nos esperaba un buen puñado de kilómetros de vuelta a casa, pero con una pesca tan fructífera, regresábamos con la sensación de un trabajo bien realizado.
Captura y Suelta siempre, si queremos seguir pescando claro.
Carlos Villar Ortiz
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